07 julio 2017

Genios, negocios y suerte


Genios, negocios y suerte.
por Roger Senserrich

Los titanes del capitalismo son tipos listos, pero eso no basta. Las grandes fortunas, las empresas que realmente se convierten en gigantes de su industria, casi de forma invariable nacen justo cuando está empezando una revolución tecnológica. Más que innovadoras, son empresas inevitables: el boom del petróleo iba a suceder sí o sí en los 1860s, los ordenadores iban a dominar el mundo en los 1980s, e internet necesitaba un buscador/agencia de publicidad en los 2000s. El mérito de los Gates, Rockefellers, Pages, Brins y demás es haber sabido abrirse paso a codazos, tener exactamente lo que IBM necesitaba en el momento preciso o un algoritmo especialmente ingenioso antes que nadie, no sacar una invención maravillosa de la nada.

Un producto como el iPhone es el resultado de decenas de desarrollos previos, desde cristales irrompibles pasando por comunicaciones inalámbricas, software, semiconductores, pantallas táctiles, miniaturización de sensores, logística, minería y un largo etcétera que una horda de ingenieros en Apple agregó en un solo producto. En cierto sentido, alguien iba a inventarlo tarde o temprano. Steve Jobs y su equipo fueron quienes lo hicieron mejor.

La innovación, en realidad, nunca es fruto de una empresa o de una persona. El contexto, la infraestructura, el mundo donde una empresa se mueve, crece y desarrolla sus productos son una parte crucial de su éxito o fracaso. Debemos olvidarnos del mito del emprendedor heroico, genio solitario que emerge de la nada para dominar una industria, y pensar más en cómo cualquier industria, nueva o vieja, es el resultado de décadas de innovaciones, infraestructura, conocimientos acumulados e invenciones acumuladas.

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